sábado, 12 de febrero de 2011

TRUCA UN INSPECTOR

"Truca un inspector", de J. B. Priestley

O como una excelente obra de teatro puede dejar un mal recuerdo.

Para empezar, sabía el final de antemano, por motivos totalmente ajenos a mi voluntad. Es decir, cierta página de venta de entradas destripó el argumento literalmente, y tuve la poca fortuna de leerlo. A pesar de todo, que el gran (en todos los sentidos) Josep Maria Pou dirija y protagonice la obra ya es una garantía de disfrute...

La obra está muy bien, apenas tiene "momentos" flojos en los 90 minutos largos que dura (sin entreacto). Consigue captar la atención prácticamente desde el principio, y ver la figura del inspector desgranando las miserias y asuntos poco elegantes de los protagonistas es toda una delicia. La escenografía es magnífica. Los actores, sublimes. Absolutamente creíbles en cada una de las frases. Una obra, en definitiva, para disfrutar del teatro con letras mayúsculas. 

Y siempre hay un "pero". El mío se materializa en la forma de una señora de cierta edad, con el pelo "crespado", que se sentaba delante y no paraba de moverse y erguirse en su asiento, darle caramelos al marido que paliaran un poco la tos, buscar cosas en el bolso... afortunadamente no le sonó el móvil. Si hubiera sido así, habría tenido la excusa perfecta para darle una merecida colleja. Pero no quise alterar el ambiente ni el trabajo de los actores, organizando un rifirafe con otros espectadores. 

No acabo de entender cómo hay tan poca "cultura de espectador" en una ciudad supuestamente cosmopolita e internacionalizadora como Barcelona. Ya sea cine o teatro, el público cree estar en el salón de su casa, y comenta lo que ve con el vecino de asiento. En el cine es ciertamente molesto, pero especialmente en el teatro me parece una falta de respeto brutal hacia los actores, que están desarrollando su trabajo ante ti, y para los otros espectadores, desean disfrutar de ese trabajo. Y no me refiero al concierto de toses en "re mayor" que habitualmente se oye en todas las plateas y palcos, sobre todo en estas fechas (ya ni siquiera se intenta disimular la tos. Se tose en toda su sonoridad.). Tampoco me refiero a esas personas que necesitan tener el teléfono móvil encendido en todos los instantes de su vida, y que deben ignorar que existe la opción "silencio" en todos los aparatos. Y tampoco, obviamente, a las puntuales carcajadas de rigor, si la obra en cuestión es una comedia. Mi indignación se cimenta sobre aquellas actitudes irrespetuosas con todo lo que está más allá de su ombligo. Con aquellos grandes exponentes de tertualianismo televisivo, de Belenestebanadas, de individuos que no entienden que una persona que está actuando es capaz de oir todo lo que pasa en la sala, de percibir si alguien se mueve o se levanta, y puede llegar a distraerse con los murmullos y ruidos...

Es indignante. Y conste en acta que no soy sibarita, ni soy esnob, ni "intelectualoide". Sólo soy alguien a quien le gusta el teatro, que siente un profundo respeto por el trabajo de actores y directores, y que quiere disfrutar de representaciones únicas, porque ninguna es igual a la anterior, ni a la que vendrá mañana.

Pero ese es el precio que hay que pagar cuando se pasa del arte, a la industria. De la cultura, a la fabricación en pasa. De la popularidad, al populismo. Cuando el afán de incremento de negocio lleva a la masificación.

En fin.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Totalmente de acuerdo!

Se tendría que reservar el derecho de admisión en teatros y cines para según que elemenos distorsionadores!!

Hubieramos disfrutado mucho más del excelentísimo Sr. Pou!

Angeles