
La segunda jornada de excursiones la dedicamos a visitar Kobá, y el parque de aventuras de Tanká. En Kobá volvimos a tener como guía a Raúl, y era una gozada oírle contar cosas, la verdad. La visita al recinto la hicimos trasladándonos de un lado a otro en bicicleta, en plan "verano azul", y fue muy divertido. Raúl nos enseñó algunos edificios y placas de piedra mayas,, el "juego de pelota que todo enclavamiento maya tiene, y que explicaban un poco la historia del lugar y de las costumbres de las gentes. El "plato fuerte" de esta excursión era la posibilidad de subir a la pirámide de 42 metros de altura. De hecho, era una de las pocas pirámides que podían escalarse. Repito, 42 metros de altura, sin barandillas, con unos escalones que llevan esculpidos

miles de años, desiguales, resbaladizos... Subes dando la espalda al suelo, obviamente, y al llegar arriba y ver la panorámica de la selva, con la gente allá abajo, minúscula, lo primero que piensas es: "y ahora cómo bajo?". Lo segundo, naturalmente, es la belleza del paisaje. Y si, conseguimos bajar sin ningún accidentado. Todo un logro, dada la cantidad de turistas que subían, bajaban, descansaban en los escalones o decidían hacer el descenso en plan "cangrejo"... toda una experiencia, vamos!
Finalizamos la visita a Cobá viendo el edificio "religioso", donde los mayas hacían ofrendas a sus dioses, y en el que, según Raúl, siguen apareciendo restos de cera y ofrendas. Se supone que los mayas que viven en las profundidades de la selva continúan con sus creencias, haciendo uso de sus espacios sagrados, cuando la oscuridad ha auyentado a cuantos turistas curiosos y enrojecidos por el sol pululan por el recinto. Hasta daba escalofríos! (aunque supongo que era lo que buscaba Raúl al contarnos esas cosas, jejejeje).
La segunda parte d

e la jornada incluía la visita al parque natural de Tanká, y la realización de algunas actividades de aventura, es decir: refrigerio a base de frutas, tirolina, canoa, baño en cenote, y comida en un típico poblado maya. Un auténtico poblado maya, donde lo que queda de esta civilización continúa con sus costumbres. La excusa era ofrecernos una comida "yucateca", una degustación de platos típicos de la zona del Yucatán, y que deambuláramos por el poblado, que curioseáramos cuanto quisiéramos en la vida de aquellas per

sonas que, dicho sea de paso, parecían muy acostumbradas a ello. Interesante. A pesar de la "normalidad" de nuestro intrusismo, no me sentí a gusto. Sigo pensando que la intimidad es uno de nuestros bienes más preciados, y aunque estuvieran de acuerdo en perderla para nosotros, no acababa de acostumbrarme. Por cierto, la raza maya es bastante bajita. Imaginaros la situación... y la curiosidad con la que ellos me miraban a mi! Extraño en su conjunto, diría yo!
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