jueves, 28 de agosto de 2008

Resignación

Se acaba el verano, y hay una cosa a la que no puedo dejar de darle vueltas.

Visito con cierta frecuencia una residencia de ancianos, y cada vez que salgo de allí me queda una sensación agridulce. Dulce, porque con sólo una visita puedo alegrar la estancia de una persona de aquella residencia. Agria, porque con algo tan simple y fácil como una visita, he podido alegrar la estancia de una persona. El lugar en sí ni siquiera es horrible, ni los residentes allí están mal cuidados, ni las personas que lo dirigen son horribles... más bien es todo lo contrario. Entonces, porqué cada vez que cruzo la puerta, tengo esa sensación?

He llegado a la conclusión de que es la resignación, escrita en la cara de cada una de las personas que allí viven, lo que más me afecta. Muchas de aquellas personas están allí por voluntad propia, otras por necesidad, pero en común tienen algo tan temido como es la soledad. Están en una residencia de ancianos porque sus familiares más próximos no pueden/quieren cuidarlos como ellos merecen, y una serie de personas muy cualificadas (sólo hay que ver el cariño con el que los tratan) se encargan de hacerles su vida un poquito más fácil, atendiendo a sus necesidades, organizando actividades (gimnasia, peluquería, baile, etc) que les haga más llevadera la resignación que todos llevan, tarde o temprano, escrita en su cara.

Esta última visita, en cambio, me he mostrado otra cara resignada: la de una niña/jovencita que paseaba con una anciana... Así pues, resignados los ancianos, y resignados los familiares, que se ven en la "engorrosa obligación" de pasar unos minutos (nunca llegan a una hora completa) con alguien a quien es posible que ya no conozcan...

Es por ello por lo que visito con toda la frecuencia que me es posible a la persona que está viviendo en esa residencia, para intentar borrar, aunque sólo sea un ratito, o un día, esa resignación que tanto me disgusta. No tiene ningún mérito por mi parte, ojalá pudiera ir más a menudo, y ojalá esta persona (y las demás, naturalmente) recibiera más visitas tanto de sus familiares como de los amigos que aún viven... Sólo por ver las caras de ilusión/alegría/sorpresa de las personas que allí viven, vale la pena pasar esos minutos, que probablemente nunca lleguen a una hora completa.

Así que, cuando os veáis en la engorrosa situación de tener que visitar a un familiar ingresado en una residencia de ancianos, pensad en lo que sentiríais vosotros si también estuvierais allí... e intentad borrar la resignación de vuestras caras, y de la de la persona a la que visitéis!

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